Cómo el Cloud Computing venció al software libre

José Luis Cano Alonso | Comentar | mayo 31, 2021
El Cloud Computing surge como una reacción de los grandes fabricantes ante el auge revolucionario del software libre, cuya eficacia y gratuidad amenazan su modelo de negocio. En esta publicación analizamos estos eventos y su relación con las licencias de software.
HUELLA LEG. 10/21

Las motivaciones para desarrollar software y regalarlo

En los primeros años de la década de los 90, los grandes fabricantes de software se dieron cuenta de que los movimientos pro software libre estaban realizando una oferta que el consumidor no podía rechazar: productos de calidad y gratis. Además, generaban un canal indirecto de negocio en forma de consultoría, tareas de instalación y mantenimiento, versiones ad hoc personalizadas sobre el original, etc. Esto es: más comensales a la mesa.

La generación espontánea de ese canal indirecto fue campo abonado para que floreciesen numerosas empresas que ofrecían trabajos relacionados con el software libre. De hecho, parecía que el modelo de industria estaba cambiando y que pagar por software pronto sería solo un recuerdo, así que toda nueva empresa TIC “debía” estar relacionada con la tendencia “free”.

Aunque muchas de esas compañías sucumbieron pronto -probablemente porque en su creación primó la pasión en lugar de la debida frialdad empresarial- el peligro real para los grandes fabricantes de software propietario -es decir, de pago- era el modelo que podría quedar tras la oportuna y sana depuración.

Pero, ¿qué impulsa a que alguien dedique la mayor parte de su tiempo libre a una actividad y ponga sus frutos a disposición de los demás, sin exigir contrapartida económica alguna?

Del autor contratado al autor artesano

¿Alguien conoce a alguno de los programadores de Microsoft Office? Seguramente no.

¿Alguien conoce al programador de Linux? Seguramente sí -Linus Torvalds-.

El autor de una aplicación informática no es necesariamente quien lo programa, sino la persona de la que es asalariado, en su caso.

Esto hace que el resultado del trabajo, aunque sea disruptivo, brillante o incluso artístico, pase desapercibido desde la perspectiva de la autoría personal. Incluso la mera divulgación de la participación en un equipo está vetada por acuerdos de confidencialidad a menudo. Todo ello reprime la natural necesidad de reconocimiento del creador.

El movimiento de software libre daba protagonismo a aquellos creadores que lo deseaban. No se ocultaba su autoría “por contrato”. La firma con nombre propio de programas de ordenador era algo normal, para el que lo deseaba. No se opacaba al creador; en el futuro museo del software no habría un “Las Meninas, Sun Microsystems” sino “Las Meninas, Velázquez”.

Por lo tanto, esa invocación a la dignidad personal de cualquier autor -y los que han programado por pasión, no solo por sueldo, saben a qué me refiero- tenía un efecto emocional difícil de contener.

Internet como entorno colaborativo desinteresado

Internet no siempre ha sido un marketplace gigante. Hubo una época, cuando nació, en la que todos la entendían como el modo de vehicular el espíritu colaborativo del ser humano en tanto activo social. Se daba por hecho.

Crear algo y ofrecerlo al mundo, sin esperar que otros hicieron lo mismo, pero sabiendo que así sería, era lo habitual. Los autores sabían que cada vez que lo hacían, mejoraban la sociedad. El paso del tiempo lo demostró: algunos de los gigantescos negocios tecnológicos actuales tienen sus bases en las aportaciones libres de décadas pasadas (streaming de video, chats, comunidades virtuales, etc.)

Desarrollar software nuevo o que complementaba a uno anterior mejorándolo o embelleciéndolo, se hacía gratis porque era lo natural en aquel momento y contexto. Lo contrario era como asistir de traje a una fiesta hippie.

La faceta académica de los genios

Muchos de los genios informáticos que impulsaron o participaron en el nacimiento del movimiento de software libre ocupaban importantes cargos técnicos en prestigiosas multinacionales tecnológicas. Eran personas excepcionalmente remuneradas en sus empleos.

Sin embargo, sus trabajos no cubrían todas sus expectativas intelectuales como, por otra parte, es razonable. En especial había una vertiente académica que habían abandonado una vez terminaron sus estudios universitarios. O quizás, si no abandonado al completo al menos sí en sus aspectos más formales y de difícil aplicación práctica en el día a día empresarial.

La colaboración desinteresada permitía dar rienda suelta a la expresividad académica y aplicar sus bases más abstractas allá donde eran bien recibidas, sin la constricción del tiempo, de las exigencias empresariales e incluso de objetivos pragmáticos. Muchos desarrollos y líneas de investigación no tenían fines necesariamente prácticos. Eran algo así como ciencia de base.

La licencia de software

Pero, antes de entrar en el núcleo del asunto, abordemos brevemente el aspecto legal fundamental de la relación creador y usuario: la licencia de software.

Aun con todas las diferencias entre ellos, hay una característica común al software de pago y al libre: la existencia de un contrato de licencia con el usuario. Todo producto de software está sometido a normas de explotación, reglas legales que otorgan derechos a su creador sobre cómo hacer público su trabajo y si lo desea, sacar provecho económico de él. La licencia es el contrato que une al titular del derecho de explotación con el titular del derecho de uso.

Uso” -y no “propiedad”-: esa ha sido, desde el principio de los tiempos, la característica principal y la forma más habitual de la entrega de software a título oneroso. No se concede propiedad sobre un producto sino permiso para usarlo, con las condiciones generales que marca la ley y las específicas del contrato de licencia.

Marco normativo básico

En España el software no constituye un elemento de propiedad industrial, excepto cuando es parte embebida, incrustada, inseparable de un dispositivo patentado.

La protección de la autoría del software es materia de Propiedad Intelectual, como se recoge en el Título VII del Libro I del Real Decreto Legislativo 1/1996, de 12 de abril, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Propiedad Intelectual, regularizando, aclarando y armonizando las disposiciones legales vigentes sobre la materia.

Licencias comerciales, privativas o específicas

Las condiciones de distribución o explotación del software se basan en la voluntad del propietario de tales derechos, independientemente de si estos le son propios como creador o los ha adquirido de otro. En todo caso, es libre de aplicar la licencia -esto es, el contrato- que desee.

Las grandes compañías de software suelen usar modelos de licencia propios, privativos, es decir, contratos que el usuario acepta al adquirir el programa de ordenador o al usar un servicio basado en él -Microsoft Office y Microsoft Office 365, respectivamente, por ejemplo-.

Se las denomina comerciales porque suelen tener carácter oneroso; privativas, porque suelen restringir drásticamente los derechos del adquiriente, limitándolos al uso y a los irrenunciables establecidos por la ley; y específicas porque no son generales, es decir, solo caben para ese producto software concretamente.

Licencias generales

No todo el software se basa en una licencia específica, elaborada ad hoc. Existen muchos tipos de licencias generales, a las que el titular del software se puede adherir para la protección de sus derechos sin necesidad de crear un contrato específico cada vez que distribuye un programa de software.

Aunque cada licencia general tiene sus características diferenciadoras, las tres siguientes son buenos ejemplos de las características comunes:

  • European Union Public License (EUPL): es una licencia de software libre y copyleft creada por la Unión Europea ante una previsible liberación de programas pertenecientes a las administraciones públicas de los países miembros.
  • GNU General Public License (GNU GPL): se trata de la licencia paradigmática del software libre. Fue creada originalmente por Richard Stallman fundador de la Free Software Foundation para el proyecto GNU.
  • Creative Commons (CC): es un modelo creado y promovido por la organización sin ánimo de lucro homónima. Su característica principal es la versatilidad de aplicación y su amplia aceptación y extensión. Se trata del modelo elegido por Wikipedia y la Comisión Europea, por ejemplo.

El reto: encontrar la grieta donde poner la cuña

Volvamos a los años 90. Decíamos que se cernía un peligro sobre los grandes fabricantes de software de pago: el software libre. Eran productos de calidad, basados en el trabajo cíclico e intensivo de multitud de personas, coordinadas, pero no sometidas a órdenes y con suficiente pasión como para trabajar gratis.

Esos productos de calidad cada vez abarcaban más áreas de la industria. Ya no eran solo los sistemas operativos o cosas exclusivas de “frikis”, sino suites ofimáticas, de edición de audio e imagen, etcétera. En definitiva, el desembarco del software libre se estaba produciendo en todo aquel ámbito donde un buen software fuera útil.

La cara menos amable del software libre

La pasión con la que se adoptó el modelo de software libre no ocultaba la realidad de que su principal fortaleza era a su vez su mayor debilidad: la libertad. Las empresas tradicionales de software dirigen los destinos de sus productos no en base a la voluntad de los creadores de estos, sino en función del mercado. Y no solo es que se desarrolle solo aquello susceptible de ser aceptado por una masa crítica de público, sino que el diseño del propio producto se basa en la manejabilidad esperada por dicho público.

Este último aspecto solía visualizarse claramente en las opciones de configuración de las aplicaciones informáticas o el nivel de detalle técnico sobre el que el usuario final podía interactuar: en el software libre se daba por hecho que los usuarios exigían control total, el mayor acceso a cuantas más opciones fuera posible. En el software de pago solía ocurrir al contrario: la simplificación, el WYSIWYG, la amigabilidad del interfaz eran requisitos imprescindibles de todo buen software popular. No se concebía un software de masas que no fuera fácilmente manejable por la mayoría.

Las alternativas

En todo caso, aunque parecía que la complicación de instalación y uso del software libre era un obstáculo para su aceptación general, la realidad es que los creadores comenzaron a adaptarse a lo esperado por el gran público y las aplicaciones empezaban a adquirir los patrones de simplicidad y facilidad de uso del software de pago. Probablemente esto terminó de alertar a los grandes fabricantes, que veían que el río se salía de su cauce y amenazaba con anegar sus campos.

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo esos grandes fabricantes podían poner coto a este movimiento y reconducirlo hacia una esquina donde no molestara? Las opciones más evidentes parecían ser:

  • Regalar el software también: no era viable, en tanto que el modelo de esas empresas estaba basado por completo en la premisa de cobrar por el software.
  • Regalar parte del software: esta fue una iniciativa que se puso en marcha y aun hoy sigue vigente. En su momento, los primeros navegadores de internet eran gratuitos y servían como cebo para enganchar a los usuarios y ofrecerles posteriormente productos más avanzados.
  • Permitir usar gratis temporalmente el software: el modelo “trial” o uso gratuito temporal para probar el producto.

Tras años de lucha, ninguna de esas opciones parecía tener el poder suficiente para acabar con el gran enemigo.

Pero llegó el año 2000 y con él las primeras experiencias de algo llamado computación en la nube -cloud computing-, como base de infraestructura y el software como servicio -SaaS, software as a service-, como la aplicación informática que aporta la funcionalidad.

La plataforma SalesForce fue una de las primeras experiencias exitosas y con ellas se ponían los cimientos de la única fuerza que fue capaz de frenar el movimiento libre: el SaaS o software como servicio.

El hardware era la clave

La antimateria del software libre era el software como servicio -SaaS-, pero la clave estaba en el hardware. Parece una contradicción… pero realmente es una correlación.

La complejidad de la infraestructura

El veloz despliegue de las infraestructuras de telecomunicaciones, su difusión geográfica masiva y el aumento de su capacidad de transmisión hizo que, desde el año 2000 el modelo de internet conocido hasta aquel momento cambiara.

Una internet más rápida exigía aplicaciones más complejas capaces de gestionar mayor cantidad de datos en menos tiempo. Esto solo era posible mejorando exponencialmente la infraestructura física, esto es, las redes y el hardware. En concreto, el hardware comenzó a ser el gran quebradero de cabeza de todas las compañías, tanto grandes como pequeñas y de cualquier institución que requiriera para sus servicios un centro de proceso de datos.

La complejidad de la infraestructura física, no solo en cuanto a coste y configuración, sino en lo relativo al mantenimiento -actualizaciones, seguridad, disponibilidad de perfiles profesionales sumamente especializados, etc.- ofrecía una oportunidad de negocio suculenta: ayudar en la simplificación de la infraestructura.

Cloud Computing y SaaS

Había por lo tanto dos grandes problemas en el mundo de la industria: para los grandes fabricantes, el software libre y su amenaza de gratuidad y acceso al código fuente; para los usuarios, la complejidad creciente de las infraestructuras.

Sin embargo, no hay que perder de vista que las infraestructuras son válidas en tanto que haya necesidad de ellas, es decir, que sean necesarias para hospedar software, aplicaciones que requieran los usuarios. Si no hay nada que instalar en los servidores, estos no hacen falta. Y en sentido contrario, cuanto más software se requiera en una organización, más infraestructura se necesitará.

La consecuencia lógica de todo ello fue el cloud computing y el SaaS.

A mediados de la década de los 2000, los grandes fabricantes de software comenzaron a ofrecer su software como un servicio. Google es el ejemplo paradigmático de empresa orientada a la entrega de software como servicio de manera exclusiva.

El software como servicio o SaaS es un modelo en el que el usuario consume un servicio, sin necesidad de adquirir físicamente el software que lo provee, ni instalarlo en su equipo personal. Aplicado al mundo empresarial, podemos decir lo mismo: una organización contrata los servicios de un proveedor de software, quien a partir de ese momento le ofrece el acceso a un servicio específico, similar en cuanto a resultados al que le daría la instalación de dicho software en su propio centro de datos, pero sin la complejidad asociada a ello.

El talón de Aquiles del software libre

Por lo tanto, la industria había encontrado un medio para ofrecer software de pago a los usuarios, pero aportando algo que el software libre no podía: prescindir de la infraestructura. Ahí estaba la clave.

El usuario, grande o pequeño, aunque especialmente el gran usuario, el corporativo, prefería pagar por consumir que no pagar por adquirir. El consumo de software ubicado en un tercero, aun siendo de pago, permitía ahorros en infraestructura, mantenimiento, control de versiones y seguridad, etc. que la adquisición de ese mismo software no era capaz de igualar.

El uso de software remoto, al hacerse por múltiples consumidores, permitía ofrecer reducciones sustanciales de coste, de cara al usuario final, y al fabricante le permitía extender su cartera de clientes a públicos a los que antes, por precio, no podía llegar.

De repente el coste del software -o su gratuidad- había pasado a un segundo plano, puesto que el cálculo global (supresión de la infraestructura, ahorro de mantenimiento e instalaciones, etc.) arrojaba saldo positivo. Y si la gratuidad ya no era el principal motor de la compra, el software libre perdía buena parte de su encanto.

Y entonces crearon sus propias nubes

Los muy grandes fabricantes crearon sus propias nubes, sus gigantescas infraestructuras de cloud computing que ahora sirven de base para la gestión informática mundial de millones de empresas, grandes y pequeñas. Son escasos en número, pero tremendamente poderosos.

Microsoft, Amazon y Google, disponen de sus propias nubes o infraestructuras desplegadas a nivel mundial, por múltiples ubicaciones geográficas, en parte por cuestiones técnicas obvias y en parte para así cumplir con las normativas específicas regionales, como la especial protección de los datos personales en la Unión Europea.

Lo primero que hicieron los fabricantes de software propietario en sus nubes fue instalar sus productos y ofrecerlos para ser consumidos como servicio. Y aquellos otros fabricantes que no tenían productos o plataformas específicas en alguno de los ámbitos de la infraestructura informática… ¡usaron productos de software libre! Muchas de las plataformas en que se sustentan los servicios ofrecidos por algunas nubes se basan en productos de licencia libre.

En conclusión: hacia un mundo sin discos duros

Para un usuario final, ¿qué es más práctico, instalar un producto de correo electrónico en su ordenador personal o consumir un servicio de correo a través del navegador? Con la irrupción de los dispositivos móviles -tabletas y smartphones-, la respuesta a la pregunta se hace aún más evidente.

Desde el enfoque del usuario corporativo, la informática no puede ser un problema, sino una aliada. Y a menudo se ha percibido al software libre como un lastre más que como un elemento dinamizador. Tanto ha sido así que la pretendida versatilidad para configurar y adaptar el software libre a las necesidades propias y su gratuidad no han sido suficientes como para imponer un cambio real en la industria.

Un modelo en construcción

El modelo actual, basado en el cloud computing y el software como servicio -SaaS- está en pleno desarrollo e innovación. Apenas acaba de nacer, realmente, por lo que todo se va haciendo a matacaballo. La legislación va con la lengua fuera para adaptarse a la nueva realidad y no perder así oportunidades de progreso para la sociedad; las empresas y organizaciones no tecnológicas se afanan por adaptar los modelos de sus infraestructuras TIC a la nueva realidad, apoyándose en proveedores no siempre especializados y leales; las compañías TIC buscan con ansia profesionales preparados que permitan atender la demanda, que supera a menudo a la oferta; y las instituciones tratan de ofrecer políticas públicas para incentivar la formación de masa crítica en este sentido.

A propósito de esto, véase:

  • Apartado “Skills and education”: Enlace
  • Eje Estratégico 3 “Reforzar las competencias digitales de los trabajadores”: Enlace

El futuro nos desvelará las respuestas a las grandes dudas que tenemos a día de hoy, como la repercusión del Big Data en la privacidad de las personas; el impacto de la acumulación en pocas manos de los datos de miles de millones de individuos y empresas; el impacto en el medio ambiente de los gigantescos centros de procesos de datos o, aplicando una visión más optimista, la capacidad de generación de nuevas ideas y mecanismos para la reducción del impacto de ello sobre el medio ambiente; la capacidad de nuestra normativa para abarcar los nuevos dilemas legales, desconocidos hoy, que surjan en el futuro; etc.

Ojalá sea, en todo caso, un futuro con ley, libertad, igualdad de oportunidades y respeto al medio ambiente. Con todo ello, lo demás vendrá solo.

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